jueves, 8 de junio de 2017

LA POLÍTICA BRITÁNICA EN ORIENTE MEDIO Y LA DECLARACIÓN BALFOUR (I): ANTECEDENTES

La Sociedad de Naciones encomendó el Mandato de Palestina al Reino Unido en 1920. Palestina era, en teoría, un Mandato de clase A, que la Sociedad de Naciones definía como "aquellas comunidades que habían alcanzado cierto grado de desarrollo que permitiría su viabilidad como países próximos a una independencia, siempre que contasen con los consejos y auxilios de un mandatario hasta que sean capaces de conducirse por sí mismas"; pero oficialmente nunca fue definido dentro de ninguna categoría, quizás porque ya se preveían las complicaciones que se iban a presentar. 

Efectivamente, la Potencia Mandataria (Reino Unido) debía "asegurar el establecimiento de un Hogar Nacional Judío", y "salvaguardar los derechos civiles y religiosos de todos los habitantes de Palestina". La conciliación de ambas cuestiones iba a resultar demasiado difícil para los diplomáticos británicos.

Para entender por qué, hemos de darnos cuenta que un "Mandato" no era lo que antes fue una "Colonia". Tras la Primera Guerra Mundial, las viejas potencias colonialistas europeas vencedoras de la Gran Guerra (Reino Unido y Francia), que durante el siglo XIX -movidos por intereses económicos- se habían ido extendiendo por el mundo coleccionando territorios, habían cambiado de forma de pensar... espoleadas, por otro lado, por los EEUU de Norteamérica, furibundamente anticolonialistas.

Por un lado, la opinión pública de ambos países -progresivamente más participativa en las instituciones democráticas- era cada vez más reacia a mandar cuerpos expedicionarios tan lejos de casa. El coste -material y en recursos humanos- de enviar y mantener tropas fuera de la metrópoli era alto, y los contribuyentes consideraban poco rentables la mayoría de las colonias. Las mercancías y materias que se obtenían de ellas se podían conseguir a través de misiones comerciales y acuerdos económicos con soberanos amistosos, sin necesidad de guerras en países exóticos. La mejora de la calidad de vida en las metrópolis, por supuesto, influyó: los jóvenes ingleses y franceses veían cada vez menos atractivo enrolarse para luchar en desastrosas guerras en Afganistán o Centroáfrica, que trabajar en Manchester o París. Sobre todo los aristócratas o burgueses, que pasaron de ser heroicos comandantes u oficiales en Afganistán o la India, a tener cómodos puestos directivos en la City.

Por otro, el impulso de las ideas democráticas y liberales entre la opinión pública mundial, con la decisiva influencia del otro gran vencedor de la Gran Guerra (EEUU, que ya era la primera potencia económica mundial) y del "Principio de Autodeterminación" inspirado por su presidente Woodrow Wilson, también resultó determinante: masacrar guerreros armados de lanza y escudo con gases tóxicos o artillería, resultaba repulsivo para la conciencia de los pueblos occidentales del siglo XX.

Por último -pero no menos importante, “last but no least”- los horrores de la Guerra de 1914-1918 espantaron a la generación que los vivió, aunque su reacción fue diferente según los países.

De los Imperios Centrales, Austria Hungría y el Imperio Turco habían desaparecido, y Bulgaria había quedado reducida a una potencia de segundo orden con pretensiones exclusivamente regionales; sólo Alemania aspiraba -en muchos aspectos con razón- a la revisión de los tratados. 

De los antiguos Aliados, la Unión Soviética -inmersa en una guerra civil (1917-1923) durante la cual también tuvo que hacer frente a un intento aliado de derrocar el régimen bolchevique, al "cordón sanitario" internacional, la hambruna de 1921-1922 y la agresión polaca (1919-1921)- había renunciado a la corriente Trotskista de "exportar la Revolución" y sólo aspiraba a que le dejasen en paz; los italianos, considerándose mal tratados por el resto de potencias vencedoras ("la vittoria mutilata"*) habían derivado al revisionismo fascista (1) y los norteamericanos se habían aislado de los problemas del mundo (2), para dedicarse pragmáticamente a lo suyo; por su parte, los dos países importantes que quedaban, Francia y Reino Unido, apostaron firmemente por evitar una nueva guerra, considerando incluso justificada la revisión de los tratados de Versalles tras 1929.
"Peace for our time" de  Chamberlain

La lamentable tendencia a interpretar la Historia a posteriori, según los resultados que conocemos, ha hecho que se cubra de oprobio la política llamada despectivamente "de apaciguamiento" (el significado más apropiado y que se le dio en 1938 fue "pacificación" o "conciliación") y a los políticos franceses (sobre todo Édouard Daladier) y británicos (Stanley Baldwin, Ramsay McDonald y, sobre todo, Neville Chamberlain) de la época de 1933-1939.

En realidad, como han afirmado autores como A.J.P. Taylor ("Orígenes de la Segunda Guerra mundial"), Frank McDonough* ("Neville Chamberlain; la política de pacificación y el camino británico hacia la guerra"); Martin Gilbert ("Las raíces de la política de pacificación") y otros -aunque sus tesis han recibido también fuerte contestación en algunos círculos de historiadores- no había nada malo intrínsecamente en la política de "pacificación", que fue una política muy popular en Francia y Reino Unido hasta la primavera de 1939. Los políticos, en realidad, seguían a la masa de votantes, y no al revés. (3)

"Peace for our time" de Daladier 
Resulta muy injusto culpar a esos políticos de tomar unas decisiones -que ahora se consideran erróneas- debido a que ocurrieron muchas cosas que Chamberlain o Daladier no podían saber que sucederían. Por ejemplo, la extensión de la política genocida de los nazis. En su tiempo, las medidas antijudías y las "Leyes Raciales de Nuremberg" fueron consideradas por muchos franceses, norteamericanos y británicos, incluyendo gran número de políticos conservadores, como "asuntos internos" y, desde luego, no parecían peor que las medidas tomadas bajo períodos de antisemitismo en Austria*, la Rusia Zarista*,  Polonia*, u otros países europeos.

Por otro lado, la política alemana de "revisión" del tratado de Versalles era juzgada en el fondo por muchas personas (tanto conservadores como liberales) y, por ejemplo, por los EEUU de Norteamérica, bastante comprensible. Según su punto de vista, la Alemania democrática de los años veinte y treinta permanecía desarmada y expulsada de los centros de decisión, mientras que países dictatoriales (Polonia, los Estados Bálticos, Portugal, Grecia, Italia, etc) eran cortejados por las potencias europeas para establecer alianzas estratégicas y comerciales; a los alemanes de Austria, Danzing o los Sudetes se les negó el derecho de autodeterminación que a otros pueblos se les concedió (incluyendo la ensalada de pueblos que constituían los nuevos países, sobre todo Checoslovaquia y Yugoslavia).

Lo único que deseaban Chamberlain o Daladier es que Hitler plantease sus exigencias por la vía pacífica para resolverlas por la negociación y no por la guerra. Y una pincelada más: tendemos a creer que Churchill tenía la razón y los demás estaban equivocados porque fue un "Pepito Grillo" que advirtió incansablemente sobre la agresividad alemana. Sin embargo, aparte del error de considerar a Mussolini un "hombre de paz" y "providencial para Italia" -siendo, como era, similar en su agresividad en política exterior a Hitler, aunque mucho más débil- cometió errores que también colaboraron a la desmoralización de la opinión inglesa: cuando Churchill dijo en 1934 que la Luftwaffe estaba a nivel o era superior a la RAF (estaba equivocado) (4) , Baldwin lo negó (era cierto) pero los británicos, asustados, pidieron a su gobierno más gestos de paz y, al año siguiente, Reino Unido firmó con Alemania un tratado anglo-naval sin consultar a sus aliados y, en 1936, permitieron sin hacer nada que Hitler remilitarizara Renania y ayudara a Franco, iniciando así una deriva hacia la guerra en la que Churchill no fue menos culpable que otros políticos británicos.

Así, franceses e ingleses buscaron, durante el periodo 1918-1939, mantener el statu quo y cierta superioridad militar sobre los posibles enemigos pero, por encima de todo, evitar otra guerra. En Oriente Medio, sus intenciones eran exactamente las mismas.

Tras ser el valedor durante el siglo XIX y hasta 1914 del Imperio Turco ("El Gran Enfermo de Europa") frente a las ambiciones territoriales del Imperio Ruso y de los Habsburgo, tras el estallido de la Gran Guerra la estrategia del Imperio Británico fue:
  1. En primer lugar, evitar que los turcos entraran en la guerra
  2. Tras el ataque de la flota otomana a los puertos y la flota rusa del Mar Negro, el 29 de Octubre de 1914, y la consecuente entrada de Turquía en la Gran Guerra a favor de los Imperios Centrales, obviamente la prioridad pasó a ser la derrota de los Imperios Centrales.
  3. Pero la conclusión inevitable no era el reparto del Imperio Turco que se produjo al final de la Guerra. Por el contrario, el De Bunsen Committee* aconsejaba (si los turcos eran derrotados) la alianza francobritánica con un Estado Turco moderno y descentralizado (dado que, desde el punto de vista de los británicos, sus protegés turcos habían sido engañados por los austro-germanos, lo que era radicalmente falso).
  4. Esta estrategia resultó finalmente dinamitada cuando el ambicioso Husayn ibn Alí, sherif (Custodio) de La Meca y Medina, aprovechó sus impresionantes credenciales como descendiente del Profeta para presentarse (falsamente) como "Portavoz de todo el Mundo Árabe sin excepción" en la Correspondencia McMahon-Husayn, que no se concretó en ningún tratado ni acuerdo, pero cuyas consecuencias (debido a una interpretación interesada y sesgada de la situación) han durado hasta hoy.
  5. El Gabinete Árabe de El Cairo había suministrado al Foreign Office de Londres exagerados informes sobre el carisma y la potencia militar que podía liderar Husayn en el Mundo Árabe, y abundante desinformación que proporcionaron desertores turcos con alta dosis de fantasía, como Muhammad Sharif al-Faruqi. Cuando vieron que sus promesas de levantar un Ejército Árabe contra los Turcos de entre 100.000 y 300.000 soldados quedaban en unos 15.000 (que tenían que armar, pagar, alimentar, vestir, dotar de municiones, y sobornar principescamente los propios británicos), el Gabinete Árabe entró en pánico, y sus errores de juicio llevaron a una huida hacia adelante, que obligaron al Gobierno inglés -para no quedar desacreditado ante sus aliados- a fingir que la "Revuelta Árabe" era un éxito que había sido crucial para lograr la derrota del Imperio Turco en Oriente. Lo cual era una soberana (nunca mejor dicho) falsedad.
  6. Sin embargo, antes de la "Revuelta Árabe", los británicos debían hacer honor a sus tratados y acuerdos con sus aliados rusos y franceses, con los que había firmado la Declaración de Londres de 1914  que estipulaba que no se llevarían a cabo acuerdos de paz ni tratados con las potencias enemigas (y el Hejaz* de Husayn era súbdito del Imperio Turco) sin presentarlos y ser aprobados por el resto de los firmantes. Extremadamente importante es que el Imperio Británico había firmado pactos con otros potentados árabes (5) y, por lo tanto, no podía prometer, de ninguna manera, un Imperio Árabe a los Hashemitas; cosa que los que dan la lata con el Acuerdo McMahon-Husayn se cuidan de recordar.
  7. El caso es que los británicos se reunieron con los franceses, luego informaron a los rusos, y se llegó al acuerdo conocido como Sykes-Picot. Los británicos, contrarios al colonialismo a la antigua usanza (6), apostaban por la creación de uno o varios estados gobernados por príncipes árabes fieles, que se unirían a los estados europeos (un estilo a la Commonwealth que se construyó tras la guerra) frente a la postura francesa, basada en la ocupación militar y el gobierno desde la metrópolis, y la rusa, basada en la vieja ambición zarista de dominar el Mar Negro y los Dardanelos.
    Acuerdo de Sykes Picot con las
    pretensiones de rusos e italianos
  8. En realidad, como se puede comprobar en el mapa adyacente, el Acuerdo no vulneraba de ninguna manera las nebulosas conversaciones McMahon-Husayn -que no llegaron a concretarse en ningún Pacto- y recompensó con generosidad una militarmente desastrosa empresa como la llamada "Revuelta Árabe". Sólo la combinación del interés del Gabinete de El Cairo por la "huida hacia adelante" que suponía exagerar el poder de los Hashemitas, la megalomanía de "Lawrence de Arabia" y la postura pragmática tras la guerra de los ingleses (conscientes del timo que habían sufrido, prefirieron tener clientes fieles y débiles que los más peligrosos seguidores de Ibn Saud) hicieron que el mito de la "Gran Revuelta Árabe" siguiera adelante.
Aclarada la postura británica ante la impostura de Husayn Ibn Ali, y el Acuerdo Sykes-Picot (que nunca fue una traición) toca ahora desentrañar otra de las más conocidas patrañas del mundo anti-colonialista, anti-occidental, y pro-palestino: la Declaración Balfour.

Pero de eso hablaremos en otra entrada

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* Enlaces en inglés. Aunque mis preferencias serán siempre enlazar a información en español, aunque sea menos completa, en algunos casos la diferencia en la información ofrecida justifica enlazar a páginas en otros idiomas. Ruego disculpen las molestias.

**Enlaces en francés

***Enlaces en otros idiomas


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  1. Desde el que, por una cuestión más de prestigio que por otra cosa, los italianos, enardecidos por las agresivas consignas de Mussolini ("Mussolini siempre tiene razón", "Creer, Obedecer, Combatir", "Navegar es imprescindible, vivir no" [aunque reconocemos aquí a Plutarco], "Italia quiere su lugar al sol") se embarcaron en una política de irredentismo, matonismo contra los países vecinos, y conquista de colonias que, aparte de su desastrosa consecuencia militar, supuso también la ruina económica del país.
  2. Los norteamericanos, disgustados por las consecuencias del Tratado de Versalles y sacando en conclusión que más les valdría aislarse de los rencorosos Aliados Europeos, veían con comprensión la política de TODOS los gobiernos de la Alemania de la posguerra (no sólo los nazis) de derogar el Tratado de Versalles.
  3. Convendría aquí repasar los titulares de la mayoría de periódicos franceses e ingleses, y el recibimiento que miles de personas hicieron a Chamberlain en el Aeródromo de Heston, en Londres, y sobre todo a Daladier en Le Bourget,  por "haber salvado la paz".
  4. "Military Deception and Strategic Surprise!"; John Gooch & Amos Perlmutter; 2004 (1ª Ed, 1982); Frank & Co. Ltd. Pg 22.
  5. Con Abdulaziz Ibn Saud del Nejd* (Tratado de Darin*, 1915); con Mubarak al-Sabah de Kuwait* (1914); con Muhammad ibn Ali al-Idrisi de Asir (Mayo, 1915); y con otros sheikhs de menor relevancia.
  6. No era por bondad de alma, obviamente, sino porque se habían dado cuenta de que el colonialismo a la vieja usanza era ruinoso, y resultaba mucho más ventajoso crear "estados clientes". Pongamos como ejemplo la desastrosa aventura militar y económica de la Italia Fascista en el Imperio Colonial Italiano: las abundantes inversiones de la Italia de Mussolini en sus posesiones de África, con la idea de que una raza de colonizadores gobernara Libia y el África Oriental Italiana resultaron un desastre, puesto que las adecuadas políticas de infraestructuras (carreteras, alcantarillado, sanidad, educación, etc) fueron aborrecidas por los nativos debido al desprecio de la cultura, religión, etc, autóctonas, y sobre todo la inhumana represión que llevaron a cabo los jerarcas fascistas sobre los libios*, etíopes y somalíes.

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